La historia dos almas especiales destinadas a amarse, de dos almas gemelas. El dolor y el esfuerzo para conseguirlo, la esperanza y el valor necesarios para salir adelante, la belleza de nuestro mundo y de los mundos paralelos... Y la magia del amor.



sábado, 11 de junio de 2011

Capítulo IV: Crueldad Humana

En aquel momento, una mujer madura y rechoncha irrumpió en la escena. Su cabello desdeñado y pelirrojo estaba recogido en una larga trenza. Y sus ojos eran negros y bondadosos. No llevaba la ropa muy limpia, como criada que era.
-         Niña.- se extrañó la mujer.- ¿Qué haces aquí?
-         Hola, Tina, buenos días.- saludó Blanca. En ese momento, Michael levantó la cabeza, con lágrimas en el rostro al recordar su antigua vida. Tina abrió mucho los ojos.
-         Un… ¡un arpa-yinn! No puede ser…- y se acercó.- ¿Cómo te llamas, hijo?
-         Michael.- respondió él obedientemente, como un niño bueno.
-         Oh… Bueno, hola. Yo soy Tina, sirvienta de Dan.- hizo un mohín de asco, y Blanca rió por lo bajo.
-         Encantado.
-         Lo mismo digo. Pero, ¿no te han traído compañero ni compañera?- preguntó alarmada, mirando alrededor, y Michael negó, con una sonrisa amarga.- Dios  mío.
-         ¿Qué?- preguntó Blanca, mirando a uno y a otro.
-         Que los arpa-yinn aborrecen la soledad. La temen. Algunos incluso mueren de pena si están solos.- y la joven se estremeció. Michael bajó la cabeza.
-         Odio a Ronald. Y también a mi tío.- comentó, furiosa. ¿Por qué eran tan crueles? ¿Por qué no pensaban que todas las criaturas tenían una vida, unos sentimientos y una personalidad que él destrozaba? No era justo, no.
-         Es un tipo asqueroso.- Tina le dio la razón. Michael no dijo nada. Miraba al horizonte.
-         No estés triste, precioso. Te encontraremos un hueco entre los que somos felices aquí, más o menos.- prometió Tina. Él asintió.
-         Gracias.- dijo, aunque sin mucha alegría ni convicción.
-         Te he traído algo de comer… estarás hambriento.- anunció Tina, con amabilidad. Michael medio sonrió.
-         Sí, gracias.- la sirvienta depositó frente a él un plato sucio en el que había dos sardinas, una costilla reseca y alas de pollo sin brillo, sin ninguna salsa.
Michael se sintió enormemente mal. No quería ser escrupuloso ni herir los sentimientos de nadie, pero él era vegetariano.
-         ¿Qué ocurre?- preguntó Tina, al ver que titubeaba y miraba la comida con reparos.
-         Yo… soy… soy vegetariano…
-         Oh… Lo siento. La mayoría de los seres que vivís aquí lo sois… Pero a Dan le da igual… ¿De qué suele alimentarse tu raza?
-         De fruta.- respondió Michael. La sirvienta se encogió de hombros.
-         Lo siento.- se disculpó de nuevo.- Intentaré no traerte carne ni pescado… pero me será difícil.
-         Muchas gracias.
-         ¿No quieres comerte esto?
-         No, gracias. Si puedes dárselo a alguien que pueda apreciarlo más que yo…

Un hombre de unos 35 años, moreno y con la piel curtida se aproximó a los tres en aquel momento. Vestía ropas de jardín, y tenía el pelo grasiento.
-         Arpa-yinn.- le dijo a Michael, con sequedad.- Tu amo quiere verte. Acompáñame.- le ordenó. El joven asintió, dócilmente. Blanca y él se levantaron, y Tina se marchó. La pareja siguió a aquel hombre, que les condujo dentro de la lujosa casa de Dan. Michael nunca había visto nada así, y se detenía a observar cada cuadro, cada estatua y cada jarrón, cada puerta, cada alfombra y cada mueble. El sirviente le ordenaba que le siguiese.
Michael tropezó unas cuantas veces; no estaba acostumbrado a andar. Blanca le sujetaba, y acabó agarrándole del brazo, para que no cayese.
El tío Dan estaba sentado en un sofá, frente a un balcón.
-         Señor, aquí está el arpa-yinn.- informó el criado, haciendo una ligera reverencia. El tío Dan se volvió y sonrió, complacido.
-         Gracias, Peter. Retírate.- y el criado se marchó. Dan se levantó y se dirigió a Michael, ignorando por completo a su sobrina.
-         Bienvenido, Michael. Siento que hayas tenido que esperar tanto para reunirte conmigo, he estado ocupado.- le dijo como presentación, amigablemente.- Ahora perteneces a mi bosque de reservas, como ya sabrás. Bien, antes de nada, quiero que sepas que hay unas normas que debes respetar: no salgas del bosque sin permiso, no uses la violencia contra nadie, no te metas en el estanque y no comas frutas de los árboles, ya que son venenosas. ¿Está claro?
-         Sí, señor.
-         Bien. Soy consciente de que tienes inmensos poderes, pero te has visto privado de algunos de ellos al sufrir mutilación y debilidad. ¿Correcto?
-         Sí, señor.
-         Ahora, quiero al menos que cantes una canción para mí.-ordenó el tío Dan, caprichoso. Michael se ruborizó.
-         ¿Qué… qué tipo de canción quiere, señor?
-         La mejor.- fue la respuesta. Visiblemente incómodo, el arpa-yinn se aclaró suavemente la garganta, y entonó una breve y preciosa canción en inglés, una canción suave y melodiosa, que incluso sin ningún instrumento sonaba perfecta. A través de la ventana abierta, algunos pajarillos revolotearon cerca de allí al oír la melodiosa voz del arpa-yinn, y la corearon con píos. Un grupito de hadas también se detuvo en el aire a escuchar, y bajo el balcón se reunió una multitud de criaturas que disfrutaban con una sonrisa de aquella hermosa canción. Cualquiera hubiese dicho que era un ángel quien la interpretaba. Michael cantaba con los ojos cerrados y poniendo toda su alma en la balada. Estaba algo sonrojado, pero se le veía feliz. Se notaba que le encantaba cantar.
Cuando la voz de Michael se extinguió, todos quedaron maravillados. El arpa-yinn abrió los ojos poquito a poco, volviendo a la realidad, y mantuvo la mirada baja. Las criaturas que escuchaban fueron alejándose una a una, todas con una sonrisa.
-         Muy bien, arpa-yinn, muy bien.- alabó Dan, rompiendo el silencio.
-         Gracias, señor.- respondió el joven. El comerciante pareció tener una idea de pronto. Sonrió.
-         ¿Sabes cocinar, Michael?- preguntó entonces.
-         Podría probar, señor.
-         Acompáñame pues.- ordenó, y los tres se dirigieron a la cocina, unos pisos más abajo. Cuando estuvieron cerca, un delicioso olor a tortilla les llegó, y a Michael se le revolvieron las tripas. Tenía tanta hambre…
-         Entra.- masculló Dan, abriendo la blanca puerta. El joven intentó ignorar su voraz apetito y pasó a la sala.

La cocina estaba formada por varios poyetes con tablas y cuchillos, y una gran cocina con fogones eléctricos. Una mujer con el pelo negro y corto guisaba algo, vestida con un delantal algo manchado. Se volvió al oírles.
-         Hola, Rosa, querida. Venimos de visita.- dijo Dan con tono dulce. La cocinera podría ser hermosa si su rostro no se mostrase malhumorado y tosco, con una ligera mueca de asco.
-         Un placer veros.- respondió, con palabras vacías.
-         Mira, Rosa, este es Michael. Vamos a ver si sabe algo o no.- y ella examinó al arpa-yinn de arriba a abajo, sin sorprenderse por su raza.- ¿Nos ayudas?- inquirió Dan. Ella se encogió de hombros.
-         Veremos. Haber, tú.- se dirigió a Michael. -¿Sabes guisar o freír?
-         No.- fue la respuesta.
-         ¿Pelar, batir, hornear…?
-         Nunca he cocinado nada.- admitió con suavidad Michael. Rosa resopló, poniendo los ojos en blanco.
-         Pues entonces…- dijo, con desgana.
-         Pero estoy seguro de que si pruebo a hacer algo podría salir rico.- sugirió humilde y dócilmente Michael. A la cocinera aquello pareció divertirle.
-         Oh, está bien. Ocúpate del postre, pues.- accedió, mofándose. Dan tomó una silla y se sentó a observar, interesado. Rosa miraba descaradamente al arpa-yinn, y Blanca, de pie en un rincón, estaba segura de que conseguiría hacer algo.

Michael fue a la despensa, que distinguió por el montón de comida que allí había. Se le hizo la boca agua, pero no dijo nada.
Después de examinar todos los alimentos que allí había, tomó varias piezas de fruta. Volvió a la cocina, las colocó encima de una tabla que encontró, las peló (se hirió varias veces los dedos, aunque no protestó) y las cortó en trocitos. Al terminar tenía nuevas heridas en las manos, pero parecía no notarlo.
-         ¿Dónde puedo encontrar una fuente para esto?- le preguntó con dulzura a Rosa. Ella señaló de mala gana un armario, y el joven tomó una. Luego, fue a la nevera y buscó zumo. Echó un poquito encima de la fruta, con cuidado, y luego puso dos uvas como adorno.
-         ¿Esto le sirve?- le preguntó a Dan, humildemente. Él negó con la cabeza.
-         No. Quiero algo más elaborado.- exigió. A Blanca no se le escapó el discreto suspiro resignado y decepcionado del arpa-yinn.

Michael pasó unas decenas de minutos más cocinando, hasta que al final acabó algún tipo de tarta. Tanto Dan como Blanca como Rosa (aunque ella lo ocultaba) estaban fascinados. El arpa-yinn nunca había cocinado nada, pero su capacidad para realizar las cosas perfectamente era muy efectiva.
Dan se acercó a la tarta que Michael había preparado, e introdujo un dedo en ella, llevándoselo a la boca. Estaba deliciosa y en su punto.
-         Está bien, Michael, está muy bien.
-         Gracias, señor.
-         Vale. Ahora, volvamos a mi estudio. Tengo más cosas que pedirte.- y los tres dejaron a Rosa sola, más malhumorada aún que antes.

-          Ahora, vas a hacerme otra demostración.-  pidió Dan, una vez allí.- Quiero que atraigas a un colibrí de esos del jardín aquí, dentro de esta jaula, para que sus plumas adornen el postre que acabas de cocinar.- y señaló una preciosa y amplia jaula de oro.
-         Pero, señor…- Michael palideció. No quería hacer eso. Sería traicionar a un ser lindo e inocente, que además seguramente le habría ayudado. Tenderle una trampa. Estaba a costa de su naturaleza.- Señor, no puedo hacer eso…
-         Si no lo haces, será tu sangre el postre, y estará aún así adornado con plumas de colibrí. ¿Qué prefieres?- Michael bajó la cabeza, apenado, y sintiéndose muy culpable. Luego, imitó a la perfección el canto de un diminuto colibrí. Otro canto le respondió desde el jardín, cerca del balcón. Michael siguió piando, hasta que un bonito y diminuto colibrí entró por la ventana y se dirigió al arpa-yinn, cantando alegremente.
Pero nunca llegó hasta Michael. Una jaula cayó justo encima de él, que pió desesperado, pidiendo ayuda. Sólo durante unos segundos, ya que luego un dardo envenenado, que venía de la mano de Dan, lo silenció para siempre.
Michael sollozó y se dio la vuelta. Acababa de matar a su amigo. Aquel era el colibrí que había ido a recibirle y que había pasado toda su primera noche con él, tranquilizándole y haciéndole compañía. Hasta el joven se había atrevido a ponerle “Colorines” de nombre.
Michael lloró como si fuese un niño pequeño. Su llanto era suave y puro, y a Blanca le recordó a la lluvia.
Se cubrió el rostro con las manos, sintiéndose un traidor. Blanca le pasó un brazo por los hombros, para consolarle.
-         No llores, arpa-yinn.- dijo fríamente Dan - La sensibilidad no es buena.
-         Era… era mi amigo… Le he engañado…- se lamentó él.
-         He dicho que dejes de llorar. Ahora, quiero que des con la solución de todo lo que yo te plantee.- ordenó el tío Dan, y le citó a Michael acertijos, problemas y cuentas de matemáticas y enunciados de lógica. Él, aún entre lágrimas, adivinaba la solución correcta con una rapidez impresionable.
-         Formidable.- se admiró el tío Dan, visiblemente satisfecho. Pero aún quería ver más.
-         Enséñame ahora las heridas de tu espalda.- le dijo al arpa-yinn. Él titubeó unos instantes, pero luego se acercó un poco más a Dan y le mostró su espalda herida.
-         Bien.- sonrió el propietario, y rozó con las yemas de los dedos el lugar herido donde debían de estar las alas de Michael. Él se estremeció y gimió ligeramente.
-         ¿Te duele?- preguntó Dan. El joven asintió tímidamente.
-         Están mejor que cuando llegaste. Mucho mejor.- notó el hombre, y el arpa-yinn asintió.
-         ¿Quién te las ha curado, arpa-yinn? Estas heridas han sido sanadas por alguien. Contesta, que le mataré. Advertí a todos que no se acercasen a ti hasta hoy. Dime quien te ha ayudado.
-         Yo… Nadie, señor… Nadie.- mintió Michael, mientras la sangre se le helaba en las venas.
-         Dime la verdad, arpa-yinn.
-         Se… se la he dicho, señor.
-         ¿De qué conocías a éste colibrí, pues?
-         Yo… Esta mañana él me… me advirtió que las frutas del jardín estaban envenenadas cuando… fui a probarlas, señor…- inventó Michael, visiblemente nervioso, tartamudeando. Era muy malo para mentir, cosa que Blanca consideró una buena señal. No estaba acostumbrado a engañar a nadie.
Dan miró a Michael con desconfianza, dudoso. Era evidente que no le creía.
-         Me estás engañando.
-         No, señor. Le estoy diciendo la verdad. Ya sabe usted que mi capacidad curativa está desarrollada.- el tío Dan observó a Michael con el ceño fruncido, pero al final desistió a seguir con aquel estúpido diálogo, sabiendo que Michael jamás le confesaría la verdad. Pasó del tema, pero una cruel sonrisa se pintó entonces en sus labios.

-         Espera aquí, arpa-yinn. Ahora vuelvo.- ordenó, y se marchó por una puerta cercana a la ventana, sin indicar dónde iba realmente. En cuanto cerró la puerta tras de sí, Michael se precipitó sobre el inerte cuerpo del colibrí. Tomó al animalillo en sus manos, con delicadeza, y lo envolvió en una luz blanca que salió de ellas. Blanca había aprendido que aquella energía era sanadora.
Pasados unos instantes, las alitas del colibrí zumbaron y el pájaro se movió, abrió los ojos y alzó el vuelo. Michael y él se miraron uno largo rato, como hablándose con la mirada. Luego, Michael sonrió ligeramente, con una sonrisa encantadora y adorable, y el colibrí pió felizmente y se marchó volando por el balcón.
El arpa-yinn se quedó sentado en el suelo, jadeando suavemente. Revivir al colibrí le había costado bastante de su energía vital, pero había merecido la pena. El joven mantenía la sonrisa feliz en su rostro, satisfecho de haber ayudado a su amigo y enmendado su error.
Blanca se arrodilló junto a Michael y le sonrió, admirada. Pero, en aquel instante, la magia que empezaba a crearse se esfumó.
-         Mira a quién te he traído, arpa-yinn.- dijo de pronto Dan gravemente detrás de la pareja, sobresaltando a Michael, que se dio la vuelta. Sus ojos parecieron abrirse a más no poder, apretó los puños y los dientes, espantado y visiblemente enfadado.



1 comentario:

  1. Creo que me hago una idea de lo que le enseñó... tengo ganas del siguiente capítulo!

    ResponderEliminar