Michael localizó a Lun, como siempre, en lo alto de un árbol, observando pensativo el horizonte. Haciendo un acopio de valor y un gran esfuerzo, el arpa-yinn comenzó a trepar por el árbol, en dirección a Lun. El elfo le escuchó, se volvió hacia él y una sonrisa de ternura se dibujó en su rostro lobuno.
- Ten cuidado.- advirtió. Michael no respondió y se mordió el labio inferior, concentrado en colocar bien sus pies, intentando recordar que ya no contaba con el apoyo de sus alas, dirigiendo con cuidado sus extremidades y alerta de dónde apoyaba el peso. Dios, ¿cómo podía costarle tanto subir a los árboles, con lo que le gustaba? Cuestión de práctica, tal vez; cuando vivía con su familia, Michael nunca había subido a un árbol, siempre que quería ver las cosas desde arriba no tenía más que agitar las alas. Pero ahora… ¡que complicada era la vida sin poder volar! Aunque Michael ya estaba casi acostumbrado, aún le extrañaba a veces la ausencia de sus alas.
- Espera, Michael, bajaré yo. Puedes hacerte daño.- el elfo comenzó a descender del alto y frondoso árbol, pero Michael le detuvo con un gesto.
- No, está bien.- frunciendo el ceño. Lun observó divertido como, a duras penas, el arpa-yinn alcanzaba la rama en la que él estaba, una de las más altas.
- Aquí estoy.- con una sonrisa triunfante, Michael se acomodó a su lado. Lun le miró con afecto.
- Bienvenido. ¿Quieres algo?
- En realidad… sí.- Michael se mordió el labio inferior, sonrojándose. Lun clavó sus ojos ceniza en los de él, esperando su respuesta. Al fin, el arpa-yinn dijo, algo abochornado:- ¿Puedes hablarme de las relaciones sexuales de los humanos?- Lun le miró sorprendido y luego divertido. Soltó una carcajada y Michael se sonrojó aún más.
- Oh, Michael… Querido Michael… Eres joven, ¿no crees?- objetó con una sonrisa, mientras le revolvía con cariño los rizos.
- No viviré tanto como tú, Lun. Yo… creo que ya puedo empezar a… No creo que sea mala idea.- replicó el arpa-yinn.- Soy responsable, ella también, y yo…- se mordió el labio inferior antes de confesar:- La amo, pero no estoy preparado para… para algo así con ella si… si no sé bien qué es ni como se hace.
- Entiendo.- la sonrisa de Lun se ensanchó.- ¿Qué quieres que te cuente?
- Todo lo que sepas.
Elfo y arpa-yinn pasaron algo más de dos horas hablando de sexo en aquel alto árbol, donde no se les podía oír con facilidad. Michael preguntaba, Lun respondía sin dejarse ningún detalle. El arpa-yinn creyó entenderlo casi todo, y entonces, se sintió preparado, capaz de hacer lo que Blanca quería.
- Gracias, Lun.
- De nada, pequeño. Ante nada, recuerda: tened cuidado.
- Ella sabe, no tiene dudas. Me fío de ella.
- Eso está bien. Espero que lo disfrutéis.- y Michael se sonrojó, asintiendo con la cabeza. Ambos estuvieron un rato contemplando el sol, que ya empezaba a caer, en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Lun fue el que rompió el silencio, bastantes minutos después.
- Michael, quiero contarte una historia.- el arpa-yinn clavó en el elfo sus grandes ojos achocolatados, interrogante. Él suspiró, bajó la mirada y dijo, con su voz firme, suave y grave:
- Situémonos hace más o menos 200 años, en medio de la cuidad humana más importante del país: Lámdar. ¿Lo has oído alguna vez?- y Michael negó con la cabeza. Lun prosiguió su relato.- Bueno, pues es un sitio multicultural, donde incluso si tienes suerte puedes encontrar criaturas mágicas como tú y como yo.
>> Era una noche fría de marzo. La luna llena brillaba en el cielo, siendo tapada a veces por las nubes, a las que el viento movía sin piedad. Lámdar bullía de acción, como siempre, como cada noche. Las lucecitas de la ciudad podían verse desde muy lejos; todos los hostales y bares abiertos, gente yendo a fiestas, ejecutivos en cenas importantes… Y un elfo que huía.
- ¿Tú?- preguntó Michael. Lun asintió gravemente.
- Yo. Yo hace 200 años; más joven, menos sabio, más inexperto, más arrogante, más inconsciente.
- ¿Hiciste algo malo?- quiso saber el arpa-yinn. El elfo ladeó la cabeza.
- No exactamente. Acababa de prometerme con Arwina, y la amaba más que a nada. A ella le fascinaban los humanos, ¿sabes? Los adoraba, adoraba su cultura, sus costumbres, sus objetos, sus ciudades… Resulta irónico que luego fuesen humanos quienes…- el rostro de Lun se crispó en una mueca de dolor.- Quienes la mataron.- y sus ojos se acristalaron. Michael se asustó un tanto; nunca había visto a un elfo llorar. Apoyó su mano en la rodilla del elfo y le sonrió, como gesto de consuelo. Lun parpadeó para retener las lágrimas y prosiguió:
- El caso es que yo quería sorprenderla y demostrarle lo que la amaba. Se me ocurrieron muchas cosas… Pero la que más me convenció fue una joya humana. Eso es, le llevaría una joya humana, preciosa y reluciente, muy difícil de conseguir. Así que viajé desde mis bosques profundos hasta el reino de los humanos, y allí fui a Lámdar. Entré en la joyería más lujosa y tomé la gargantilla más delicada y hermosa que vi. Pero yo, por entonces, había estado pocas veces en el mundo de los humanos, y no lo comprendía bien… No sabía que tenía que pagar para llevarme aquella joya. Pero, ¿cómo iba a conseguir yo dinero? No podía quedarme para trabajar en el mundo de los humanos, quería sorprender a Arwina con mi regalo la noche antes de nuestra boda… No podía permitirme pagarla.
- ¿La robaste?- los ojos de Michael se abrieron como platos. Nunca habría imaginado que el sabio Lun pudiese hacer algo así.
- Así es. Sé que no fue nada ejemplar, pero…
- … lo hiciste por amor. Lo entiendo.- dijo Michael.
- Exacto. Así que, presumiendo de mis capacidades élficas y subestimando a los humanos, tomé la joya y empecé a correr hacia mi tierra.
>> Sabía que podría aguantar corriendo más de un día, teniendo en cuenta que podría parar para beber unas tres veces diarias. Así que eché a correr, sin miedos, divertido. Pronto, la policía, los humanos que se encargan de poner orden, comenzaron a perseguirme. Casi me burlaba de ellos, me divertía viendo como se iban agotando, uno por uno. Entonces, la cosa se complicó. Cogieron caballos y empezaron a perseguirme a caballo. Apreté el ritmo, siendo consciente de que estaba llegando a las afueras de Lámdar. Era una noche fría, el viento incomodaba mi carrera, y la luna llena me impedía hacer uso de mis capacidades élficas y ocultarme bien en la oscuridad. Pero tenía que conseguirlo, podía escapar, ¿cómo iban a burlarme unos simples humanos?
Y en ese momento… dispararon. Sentí como una flecha de plata se clavaba dolorosamente en mi costado, haciéndome tambalearme y tropezar… Caí al suelo, y la joya para mi amada, que llevaba en la mano, se hizo añicos. La desesperación me invadió por completo, ya sólo me quedaba huir para salvar mi vida.
Herido, cogí mis últimas fuerzas para doblar mi ritmo, y dejando a mis perseguidores un poco atrás, comencé a llamar a las puertas de las casas, en busca de ayuda. A esas altas horas de la noche, la gente no solía abrirme, y los que abrían, al ver mi aspecto, mi herida y mi raza, me cerraban la puerta en las narices.
- Qué crueles.- comentó Michael. Lun asintió y luego sonrió.
- No todos. Cuando mi autoestima y mi esperanza estaban por los suelos y me creía perdido… Entonces, en un callejón oscuro, se abrió una puerta y una voz suave, masculina y dulce me dijo: “Puedes entrar aquí, si quieres.” Me volví para mirar y descubrí a un muchacho humano, de unos 30 años, de raza negra, con rizos oscuros y muy cortos, nariz chata, labios gruesos y ojos profundos y almendrados.
- ¿Quién era?- quiso saber Michael, interesado. Aquella descripción le resultaba familiar.
- Eras tú.
- ¿Yo?
- Tú hace 200 años, en tu reencarnación como humano, muy parecido a como eres ahora.
- ¿En serio? ¿Tú… ya me conocías?
- Sí, pero no puedes recordarlo, fue en otra vida.
- Es increíble.
- Lo es. Pero deja que continúe…
>> Sin pensármelo dos veces, me metí en la casa de aquel joven, que cerró la puerta tras de mí. Escuché a mis perseguidores pasar de largo. Aliviado, desfallecí en la entrada de la casa de ese humano.
Desperté unos minutos después, bien acomodado en un sofá, con una bebida caliente en una mesa cercana y luces cálidas iluminando la sala. Miré a mi alrededor; era una casita cálida y acogedora, con suelo de madera y alfombras, algunos cuadros, un escritorio y lámparas de sal. El joven humano estaba arrodillado a mi lado, con un paño húmedo, concentrado en mi costado. Noté de pronto el dolor punzante y rugí, y entonces el chico se asustó y se apartó un poco.
- Tranquilo, no voy a hacerte daño.- susurró. Su voz era preciosa.- Es que tienes una herida muy fea ahí, y bueno, antes de que siguieses sangrando, pues he pensado que sería mejor quitarte la flecha…- entorné los ojos y le miré de arriba a abajo. Parecía de fiar, me transmitía confianza. Me relajé entonces.
- Gracias.- dije con voz ronca.- Me llamo Lun, soy un elfo.- él sonrió. Su sonrisa era bonita y sincera. Era casi como tú, Michael.
- Yo soy Mikel. Voy a cuidarte, me parece que tienes problemas…
Le conté lo que me había pasado mientras él seguía curándome la herida. Luego me dio algo caliente para beber y un poco de comida humana que, aunque encontré asquerosa, tomé para recuperar fuerzas. Mikel era muy amable y dulce conmigo, sin importarle lo tosco y lo desconfiado que era yo con él. No intentaba ser amable, odiaba a los humanos… Aunque él era diferente. Me trató como a un superior, le fascinaba mi raza.
- ¿Estás seguro de que eres un humano?- le pregunté a Mikel en determinado momento.
- Eso creo.- ladeó la cabeza, disgustado.- Pero te aseguro que no lo seré nunca más.
- ¿Eso dije?- Michael, subido al árbol, sonrió, y Lun asintió con la cabeza.
- Eso mismo. Luego empezamos a hablar, fui cogiendo confianza… Le conté a Mikel muchas cosas sobre mi vida, y él a mí. Me dijo que estaba buscando a una chica. “¿Una chica?” le pregunté. Él asintió y luego murmuró: “Mi alma gemela.” Me impresionó bastante esa frase, así que insistí en el tema.
- La vi hace unos años por primera vez.- empezó a contarme Mikel.- Simplemente me crucé con ella por la calle, y la reconocí. Aquella chica es especial. Estoy seguro de que ella también me reconoció y llamé su atención, aunque no intercambiamos ni siquiera un diálogo. No sé cómo se llama, dónde vive ni su edad, pero he estado buscándola por la ciudad y por los pueblos de alrededor. Si alguna vez vuelvo a verla, quiero saber quién es. Estoy seguro de que nuestros caminos se unirán alguna vez.
- No es normal eso que me cuentas, humano.- repliqué. Como ves, mis formas, no eran tan educadas como ahora.- Pero me alegro de que te haya pasado. Ojala encuentres a esa joven y seáis muy felices juntos.
- Gracias, Lun. Ah, hay algo en lo que tal vez pueda ayudarte.- me dijo. Arqueé las cejas, y entonces él se levantó y fue a buscar algo. Rebuscó en un cajón y luego vino con una cajita de madera, muy bonita. Estaba forrada de terciopelo rojo por dentro, y una gargantilla de oro blanco, con una amatista incrustada en el centro, descansaba, fina y elegante. Le miré asombrado, con los ojos muy abiertos, y Mikel malinterpretó mi gesto.
- Bueno, era de mi madre, me la dio en su lecho de muerte y está bastante bien cuidada, ya que se te ha roto la joya que llevabas para tu prometida, tal vez puedas aceptar esto… Sé que no es nada comparado con la riqueza de los elfos, pero…-mi cristalina carcajada le silenció. Mikel bajó la mirada, avergonzado.
- Perdona. Es una insolencia que te la ofrezca, ¿verdad?- y entonces creo que le abracé. Fue algo muy espontáneo, que hice sin pensar, abrumado por el cariño que me inspiraba. Rápidamente, extrañado por lo que acababa de hacer, me separé de él, que sonreía de oreja a oreja. Me aclaré la garganta y me apresuré a decir:
- Para nada. Es algo digno de admirar. No puedo aceptar esta joya, Mikel, es demasiado…
- Quiero que tú la tengas. La necesitas más que yo y yo no la uso.
Al final, muy a mi pesar, tuve que aceptarla, con el corazón encogido por la amabilidad de aquel joven humano. Dormí en su casa y a la mañana siguiente, temprano me marché de allí, llegué sin problemas a mi reino, le di la joya a Arwina, a ella le encantó y nos casamos. Pocos años después tuvimos dos hijas gemelas, muy hermosas.
- Eso es fantástico.- Michael sonrió.- Me alegro de que todo saliese bien.
- Sí. Pero nuestra felicidad duró poco.- dijo el elfo con amargura, apesadumbrado.
- Lo siento, Lun…
- No importa. Seguiré con la historia…
>> Unas décadas más tarde, mi esposa y yo fuimos apresados por el ejército humano, porque luchábamos por la igualdad de razas y rehusábamos el uso de esclavos en nuestro país. A los humanos no les gustaba la forma pacífica y armoniosa de la que gobernábamos… Así que nos apresaron a ambos; por suerte, pudimos dejar a nuestras hijas a salvo en casa de mi hermano.
Nos encerraron a Arwina y a mí en la prisión de Hazelmir, ¿has oído hablar de ella?
- No…
- Es la prisión más segura del mundo de los humanos, se dice que es prácticamente imposible escapar… Ellos estaban al tanto de nuestras cualidades élficas, así que nos encerraron allí. Intentamos escapar, pero fue inútil. Además, descubrimos entonces que Arwina esperaba otro hijo.
>> Yo estaba desesperado. Ella no tenía fuerzas, puesto que no nos daban de comer ni de beber, y el feto le arrebataba la mayor parte de su energía. Los humanos pretendían ejecutarnos unos días más tarde, según nos dijeron, pero yo tenía la esperanza de poder escapar. Yo sabía que el ejército de nuestra corte vendría a rescatarnos tarde o temprano, pero si no se daban prisa, nos matarían a ambos.
Pero tanto tú como yo sabemos cómo son los humanos, Michael. Nuestra ejecución sería 25 días después de nuestra llegada a Hazelmir, pero cuando tan sólo habían pasado 10, varios carceleros entraron en nuestra prisión y, desconozco el motivo, mataron a Arwina de la manera más cruel, delante de mí. Yo estaba allí… Pero no pude hacer nada, Michael, maldita sea, ¡NO PUDE HACER NADA!- Lun pegó un puñetazo a la rama del árbol, furioso. Tenía los puños y los dientes apretados, y lágrimas de tristeza y de rabia corrían por sus blancas mejillas, rápidas y doradas.
- Oh, Lun…- Michael, apenado, le abrazó con cariño, intentando tranquilizarle. El elfo se dejó abrazar, y Michael le dio varias palmaditas en el hombro.
- No es justo, Michael…
- Lo sé. Vamos, no vale la pena que lo recuerdes… Sigue con la historia, ¿de acuerdo?- y el elfo, más desanimado que antes, asintió.
- Imagina cómo me quedé. Roto, destrozado, dolorido, muy triste, furioso. Amaba a Arwina por encima de todas las cosas, no podía asimilar que la había perdido.
>> Un día después de que la matasen, la puerta de mi celda se abrió… Pensé que venían a sacarme de allí para matarme, o que eran mis soldados que iban a rescatarme, pero nada de eso… Los carceleros arrojaron al interior de mi celda a un hombre, y luego volvieron a cerrar la puerta rápidamente.
A duras penas, aún lleno de dolor, me acerqué gateando hacia el recién llegado, que se había quedado inmóvil en el suelo. Temí que hubiese muerto, pero vi que respiraba débilmente. Estaba inconsciente, tal vez por el golpe que se había dado al caer al suelo. Me detuve junto a él y le di la vuelta para ver su rostro. La sorpresa me paralizó entonces…
Era Mikel.
Sin duda, había cambiado bastante. Desde la última vez que le había visto tal vez habían pasado 30 años, quizás un poco menos, y ya no era ningún joven. Las arrugan surcaban sutilmente su rostro mulato, las canas empezaban a blanquear sus sienes y a teñir sus rizos oscuros. Su rostro ya no era joven… Pero seguía siendo muy guapo. Un hilo de sangre comenzó a manar de su frente, y lo limpié con cuidado, recordando el cariño con el que me había tratado Mikel años atrás.
Le tuve entre mis brazos hasta que despertó. Sus ojos estaban cansados, pero aún eran expresivos, vivos y dulces. Su gesto fue de sorpresa, luego de confusión, y finalmente sonrió.
- Lun.- sin duda, mi aspecto no había cambiado, así que me reconoció sin problemas.- ¿Me recuerdas?
- Claro.- hice un gran esfuerzo por olvidar la pena que sentía mi corazón y traté de sonreír. Lo conseguí, pero Mikel notó que algo iba mal.
- ¿Qué haces aquí?- me preguntó. Su voz ahora era más grave que antes, pero manteniendo ese matiz suave y agudo aún.
- Nos capturaron porque al nuevo presidente humano no le gusta nuestra forma de gobierno, y tenemos que morir.
- ¿Por qué hablas en plural?
- Me refiero a Arwina y a mí.- entonces el rostro de Mikel se iluminó.
- ¿Os casasteis?
- Le encantó tu joya, nos casamos y tuvimos dos hijas preciosas. Íbamos a tener otro…- mi voz se quebró, y entonces él pareció notar que algo iba mal.
- ¿Dónde… dónde está ella ahora, Lun?- me preguntó, serio. Le miré a los ojos; los míos estaban anegados en lágrimas. Con un nudo en la garganta, respondí como pude en un susurro:
- Muerta. Está muerta. Ellos la han matado.- y no pude resistir más. Me eché a llorar. Mikel tragó saliva y me abrazó, dándome algunas palmadas en el hombro, justo igual que lo que tú acabas de hacer conmigo. Me atrevería a decir que para entonces ya había madurado un tanto, y era muy parecido al elfo que soy ahora. No me importaba demasiado mostrar mis sentimientos ni abrazar a alguien, y menos en una situación como aquella.
- Oh, Lun… Lo siento, lo siento tanto…
- Yo también moriré, pero no quiero que mis hijas se queden huérfanas, tengo que salir de aquí, Mikel, no puedo morir…
- Lo conseguiremos, no te preocupes, huiremos.- asentí con la cabeza, sin mucha esperanza. Luego le pregunté por la chica a la que buscaba, su alma gemela. Quise saber si la encontró.
- No.- dijo él, pero sonrió.- Ella me encontró a mí. Un día, poco después del día en que nos conocimos, alguien llamó a la puerta de mi casa. La abrí… y allí estaba ella, sonriente. Nos conocimos, nos enamoramos y nos casamos. Se llama Blanca.
Michael, observando el crepúsculo, dio un respingo.
- ¿En serio?- preguntó, asombrado. Lun asintió.
- Totalmente.
- ¿Blanca y yo fuimos pareja en otra vida?
- Bueno, eso creo, me parece que no es casualidad que tu pareja se llamase igual y su descripción fuese parecida a la de nuestra actual amiga.
- Qué maravilla.- comentó el arpa-yinn. Lun asintió, pero lo cierto es que notaba el amargo sabor de la tristeza en sus labios, otra vez.
- Mikel me contó que, por suerte, Blanca estaba a salvo. Era hija del gobernador de otra ciudad humana, así que Mikel confiaba en que pronto ella exigiría que le sacasen de la cárcel. Había llegado allí porque estaba acusado de hechicería.
- ¿Y eso es verdad?- le pregunté, incrédulo. Un humano no podía de ninguna manera hacer magia.
- Bueno… no sé. Es que… tengo algunas facultades extrañas, ¿sabes? Por ejemplo, la intuición, o la capacidad de comunicarme más o menos con los animales. A Blanca le fascina y no le molesta, pero los máximos poderes de mi región me han considerado como peligroso. Pero estoy seguro de que pronto podré salir de aquí.
Pasamos ocho días más en aquella apestosa y pobre celda; apenas nos daban de comer y de beber. Mikel me engañaba, diciéndome que habían traído mucha comida y que él ya se había comido su parte, pero en realidad, como veía que estaba muy débil y deprimido, me daba toda su comida.
Y, al octavo día, la fuerte puerta se abrió de nuevo, y aparecieron nuestros dos carceleros. Yo pensé que era el fin, pero, para mi sorpresa, ambos se arrodillaron delante de Mikel, que también se sorprendió un tanto.
- Mi señor.- musitó uno de los carceleros, avergonzado.- Perdonadnos. No sabíamos de vuestra sangre real. Sed, por supuesto, libre.
- Gracias.- respondió Mikel, algo orgulloso, levantándose y atusándose la ropa.- Ahora mismo partiré hacia mi casa.
- Claro, señor. Estamos a vuestra disposición…- yo observaba la escena con amargura, envidiando en silencio a Mikel, que sería libre y se iría con la mujer a la que amaba.
- Muchacho, ¿Cuál es tu nombre?- le preguntó mi amigo al carcelero más joven.
- Daltar, señor.
- Bien, Daltar, como recompensa a este injusto trato, creo tener derecho a un deseo.
- Faltaría más.
- Quiero que liberéis a este elfo.- sentenció Mikel. Los dos carceleros abrieron los ojos de par en par, algo asustados, y yo me sorprendí mucho.
- Pero señor… Eso… eso es totalmente imposible, este elfo es peligroso.
- Lo dudo mucho. Es mi amigo desde hace 30 años y nunca me hizo daño alguno.
- No podemos liberarle, señor…
- Bien, entonces yo me quedaré aquí, y si él muere, yo moriré con él.- decidió mi amigo. Yo me negué, aquello era demasiado. Pero Mikel siguió insistiendo, y al final, los dos carceleros llamaron a su superior, el capitán de la guardia, que no mostró para nada ese respeto por Mikel.
- Nada de eso, este elfo no puede ser libre.- sentenció. Era un hombre grande y fuerte, muy moreno, y con un brillo salvaje en los ojos. Miraba a Mikel evaluándolo.
- Este elfo es mi amigo.
- ¿Tu amigo? Este elfo es peligroso, y quien es su amigo…- empezó el capitán. Mikel le interrumpió y no le dejó terminar, cometiendo un grave error. Yo, en silencio, imaginé lo que iba a decir el capitán. “Quien es su amigo, también es peligroso.” Y en ese momento fui consciente del peligro que corríamos los dos.
- Es mi voluntad. Una recompensa por este vergonzoso trato que se le ha dado al futuro duque.- Mikel seguía intentando convencer al capitán, y cuando yo intenté detenerle, el capitán, que se había percatado de que yo le había descubierto, no me dejó hablar y sentenció:
- De acuerdo, ambos seréis libres.- y antes de que pudiera protestar, los carceleros me desataron y me empujaron fuera de la celda. Yo no podía creer aquello, Mikel estaba arriesgándose por mí. Sentí confusión en aquel momento; me estaban liberando, tal vez no pretendían nada malo. Todo lo que yo temía era que volviesen a encerrar a Mikel, pero eso no iba a ser así; por lo tanto, tal vez no había peligro alguno.
Me levanté lo más elegantemente que pude y salí de aquella horrible celda, siguiendo a Mikel. Sin embargo, al pasar al lado del capitán de la guardia, vi algo en sus ojos que no me gustó: el engaño. Había mentira y locura en sus ojos. Pero cuando comprendí ya fue demasiado tarde.
- Mikel.- jadeé, indeciso. Pero luego vi lo que el capitán se disponía a hacer; sacó un arma de fuego de su cinto.- ¡Mikel, corre!- le grité, comenzando a correr yo también. Pero ya era demasiado tarde; Mikel, de avanzada edad y humano, no corría tan rápido como yo, y cometí el terrible error de olvidarlo. El capitán disparó y Mikel gritó, cayendo al suelo. Solté una maldición, paré a recogerlo y, cargándomelo sobre la espalda, eché a correr.
Lun vio como Michael, a su lado, se estremecía, mirando a la luna llena, que comenzaba a salir.
-Dios mío.- murmuró. Lun bajó la cabeza y Michael le dirigió una mirada apremiante, para que siguiese con su relato.
- Conseguí escapar.- contó el elfo.- Me costó pero lo conseguí, pues ya había pasado los mayores peligros al lado de mi celda… Sólo tuve que correr, esconderme y esquivar a los guardias.
>> Una vez fuera y a salvo, después de haberme alejado de la prisión, me detuve y descargué a Mikel de mi espalda. Y entonces, cuando le miré, supe que mi amigo iba a morir.
Presentaba el orificio de una bala casi a la altura del corazón, y la sangre manchaba su camisa. Su respiración era entrecortada y casi inexistente, y sus expresivos ojos, llenos de dolor, estaban anegados en lágrimas.
- Mikel… No, Mikel, no, ¡aguanta!- le rogué, intentando vendar su herida. Pero él negó débilmente con la cabeza y esbozó una sonrisa cansada pero feliz.
- Lun… Te… has salvado… Prométeme… que vas a disfrutar… de tu vida…- asentí con la cabeza, apretando los labios de furia. No era justo, no. Tal vez, si Mikel no hubiese negociado mi liberación, no le habrían matado, pues tal vez lo habían hecho porque le consideraban amigo de alguien peligroso. Mikel estaba muriendo por mí.
- Mikel, vamos, resiste. Piensa en Blanca, tienes que volver con ella.
- ¿Le… dirás… que la quiero?- me pidió en un jadeo. Y comprendí entonces que no quería vivir ya.
- Se lo diré.- prometí, mientras las lágrimas comenzaban a correr por mis mejillas. Mikel sonrió, musitó un “Gracias” y luego cerró los ojos… para siempre.
Michael volvió a estremecerse de nuevo y miró a Lun, horrorizado.
- Oh, vaya…- murmuró, algo abrumado.- De modo que es así como morí.
- Sí.- asintió Lun.- Después de enterrarte,- por primera vez, el elfo habló en segunda persona- fui hasta el palacio donde vivías con Blanca, y la encontré muy preocupada. Apesadumbrado, le conté la historia, y ella se deshizo en lágrimas. Unos días más tarde, mientras abandonaba el reino de los humanos de vuelta a mi tierra, descubrí que Blanca había muerto.
>> Volví con mis hijas y nos escondimos hasta que la tiranía pasó. Vivimos muchas décadas en paz, aunque la sombra de la muerte de Arwina eclipsaba mi felicidad completa.
Y unas décadas más tarde, en otro de mis viajes, esta vez por mi propio reino… Un comerciante me capturó. Fue de la manera más sencilla; yo, completamente tranquilo en mi reino, descansaba en un bosque… y cuando me desperté me encontré en una furgoneta, siendo llevado aquí. Desde entonces hice mil intentos para escapar, pero me fue imposible… La cúpula mágica que rodea este jardín no se abría jamás, sólo mi propietario la abría a su antojo, siempre para salir a la ciudad. Jamás he visto que liberen a ninguna criatura.
- Tu historia es triste, Lun.- comentó Michael en un susurro. El arpa-yinn parecía sobrecogido.
- Lo es.- admitió el elfo. Luego miró a Michael a los ojos, culpable, desolado.- Pero siento que desperdicié tu vida, Michael.
- ¿Mi vida? ¿Por qué?
- Tú te sacrificaste para que yo pudiese vivir, ¡moriste por mí! Y mira cómo lo he aprovechado… Llevo 70 años aquí prisionero, en vez de vivir la vida que tú me cediste…- los ojos grises de Lun mostraban tristeza y culpabilidad. Michael le dirigió una sonrisa tranquilizadora.
- No es culpa tuya. Disfrutaste de unos años en tu casa, y cuando escapes de aquí volverás allí, tu vida es muy larga… Además mira, ¡aquí me tienes, Lun! Es como si no hubiese muerto.
- Sí… realmente, es como si siempre hubieses sido la misma persona… Pensé que no volvería a verte jamás. Pero llegué aquí, vi a Blanca crecer y jamás sospeché que ella pudiese ser la que fue en otra vida tu pareja, ¿sabes? No me di cuenta, no lo recordé… Hasta que llegaste tú.
>> Cuando me informaron de que una nueva criatura muy especial había llegado al jardín y me acerqué para ver quién era… Oh Michael, te vi allí, llorando apoyado en el sauce… No supe determinar de qué raza eras, pues tenías el rostro oculto entre las manos, pero de alguna manera me resultabas familiar… Pero cuando levantaste la cabeza, oh dios mío, sentí que el mundo se me caía a los pies. No podía ser, eras tú, prácticamente igual que hacía 200 años, pero claro, como no, esta vez no eras humano… Eras un arpa-yinn. Me dio tanta rabia ver lo que te habían hecho que eché a correr hacia el bosque y descargué mi rabia. El cariño y el agradecimiento que sentía hacia ti se hizo más fuerte que nunca… Entonces volví a tu lado, te cuidé aquella noche y me prometí que lo haría siempre, incluso si tenía que dar mi vida por ti, como tú habías hecho.
Fue un milagro comprobar que apenas habías cambiado; y lo poco que habías cambiado era a mejor. Me maravillaba ver lo perfecto que eras, me parecía un milagro que volvieses a estar aquí, conviviendo conmigo, sin acordarte de nada… No dudé de que Blanca y tú os enamorarías, y así ha sido. Así que Michael, estoy en deuda contigo, te debo la vida…
- No digas eso, Lun, me hace estremecer de miedo tan sólo la posibilidad de que puedas morir. Siempre me has cuidado y me has tratado muy bien, con eso me basta.- Lun sonrió y asintió.- ¿Crees que algún día podremos escapar de aquí?- preguntó el arpa-yinn.
- No lo dudo, Michael, no lo dudo.- él suspiró y, después de despedirse de Lun, bajó a duras penas del árbol, pues ya había anochecido completamente. Aquella iba a ser una noche muy especial.


Ha sido una historia increíble!! Que triste lo que les pasó a Lun y a Mikel... pero me ha encantado el hecho de que Michael y Blanca ya se amaran en otra vida, es tan bonito y tierno!
ResponderEliminarCada vez me asombra más la forma en que consigues transportarme dentro de la historia, y la imaginación que tienes, de verdad!
Un besazo guapa!
Gracias Adia! Una vez más, gracias por tus ánimos y tus comentarios, me siento muy orgullosa de que te guste mi novela! :) Muchos besos, guapa! :)
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