Hola, chicas! Qué tal estáis?
Ante todo, perdonad el retraso, pero he tenido problemas con mi ordenador y no podía subir los capítulos. Hoy subiré dos; un capítulo corto, y luego uno muy especial, narrado por Blanca. Lo he cambiado bastante muchas veces, ha sido difícil escribir el punto de vista de Blanca ante la nueva vida arpa-yinn. Espero no defraudaros.
Y ahora, lo siento pero tengo que daros una mala noticia; solo 4 capítulos más y la historia habrá terminado, así que disfrutadlos bien!
Muchas gracias por leer y por vuestros comentarios, en verdad los necesito! Besos,
Capitana Amanecer
La noche en el reino de los arpa-yinn era más que preciosa. En cuanto el sol se puso y la oscuridad fue adueñándose del bosque, Michael, ya más descansado pero aún algo triste por la pérdida de Lun, tomó a Blanca de la mano.
- Ven.- le pidió, conduciéndola hacia un claro del bosque.- Quiero que veas el cielo que hay en el bosque.
- ¿No es el mismo que el que se veía en el jardín?- preguntó Blanca, dejándose guiar. El arpa-yinn negó con la cabeza.
- Desde aquí, se ve el universo tal y como es.- explicó él. A la joven le extrañó aquello, y miró a Michael, confundida.
- En este bosque no hay contaminación, y la inclinación que tiene la Tierra en su órbita en esta zona del planeta es perfecta para observar el universo.
- Los humanos usan telescopios y naves para ver el universo…- comentó la chica, pensativa, mientras Michael la guiaba entre los árboles. Él hizo una ligera mueca de burla o desprecio.
- Además de estropear la Tierra , estropean el universo. Es indignante. Desde aquí no vas a necesitar ningún telescopio, ya lo verás…- Michael le sonrió a Blanca, y entonces llegaron al claro. Michael se sentó en la hierba, e invitó a la joven a hacer lo mismo…
Blanca se quedó maravillada. El cielo, negro, se veía salpicado de puntitos luminosos, de diferentes colores, grandes y pequeños; estrellas, planetas, satélites, nebulosas… Parecía un cine en 3D. Era, sencillamente, maravilloso. Muy cerca de ellos, Blanca divisó una luna llena, grande y blanca, hermosa, con su clara luz, totalmente lisa y redonda. Luego, una luna creciente, casi llena, más amarillenta que la primera, con formas de cráteres en su superficie. Y por último unos fragmentos blancos de una tercera luna (que al parecer se había roto) esparcidos por el firmamento, como polvitos de hadas. El conjunto hacía que la noche en el bosque de los arpa-yinn fuese muy luminosa, con un toque mágico.
- ¡Hay tres lunas!- se admiró la joven. Michael asintió, y señaló la luna creciente.
- Esa es la que se ve desde el reino de los humanos.
- ¿Por qué los científicos nunca han podido verlas? ¡Si están muy cerca las tres! ¿Cómo la luna llena y la rota se les han pasado inadvertidas?
- Tal vez… Porque no han mirado bien.- Michael se encogió de hombros, pero Blanca no quedó satisfecha.
- ¿Cómo que no han mirado bien? ¡Es imposible no verlas!
- Me refiero a que han mirado desde un punto de vista demasiado estricto, excéntrico y científico. Nira, la luna rota, y Ahane, la luna llena, están en otra dimensión.
- ¿Y por qué yo puedo verlas si me las enseñas tú y no si estoy en casa de mi tío?
- Simplemente porque aquí crees perfectamente que puedes verlas, y estás dispuesta a hacerlo… Y porque aquí es mucho más fácil que en el reino de los humanos.
- Suena razonable.- Blanca besó a Michael en la mejilla, y le preguntó:- ¿Por qué está Nira rota?
- Nira y Ahane colisionaron una vez, hace muchísimo tiempo. Nira tenía una composición más frágil, y se rompió en pedazos. Parte de su masa se unió a la de Ahane, haciéndola más grande, como puedes ver. Siempre está llena.
- ¿Siempre?
- Sí. Por eso, las noches aquí son muy luminosas.
- Es precioso, Michael.
- Lo es. Y tú también.- el arpa-yinn la miró con dulzura, y Blanca, haciéndole una caricia en la mejilla, se acomodó en las rodillas de él, sintiendo su calor y mirando al cielo. Pudo ver nebulosas de distintos colores y formas, el planeta Marte, grande y rojizo, y muy a lo lejos, Júpiter y Saturno, con sus anillos girando alrededor. Miles y millones de distintas galaxias multicolores, y de puntitos (que debían de ser estrellas) titilantes adornaban el oscuro firmamento. Blanca tenía la sensación de estar en el interior de una nave espacial, o en un cine en 3D.
Michael se quitó la camisa, dispuesto a no ponérsela nunca más, y, doblándola con cuidado, la usó de almohada al tumbarse también junto a Blanca, mirando al cielo, hipnotizado por el hechizo de las tres lunas. Cerró los ojos, agotado, y Blanca se acurrucó contra él.
- Es como un sueño estar aquí.- murmuró la joven. Michael sonrió, mostrando sus perfectos dientes, y abriendo sus grandes ojos achocolatados.
- Es un sueño… mi sueño hecho realidad.
Más tarde, ya entrada la noche, toda la familia arpa-yinn (46 contado a Michael) y Blanca, se reunió en un claro, sentados en un amplio círculo. Todos querían abrazar a Michael de nuevo y conocer a Blanca, la humana que había pasado a formar parte de la familia arpa-yinn y que había conquistado el corazón de Michael.
El joven relataba su estancia en la cruel casa de Dan, el viaje hasta allí, la mutilación de sus alas, sus trabajos y su enfermedad… Pero a Blanca le sorprendió que él contara todo a la ligera, como si no hubiese sido nada, como si apenas hubiese sufrido, y que se centrase en las cosas buenas. Admiró su capacidad para ver el lado positivo de todo y de no querer preocupar a los demás. El arpa-yinn sostenía en una rodilla a Randy, y en la otra a una niña pequeña muy linda, con dos trencitas y los ojos almendrados, los labios grandes y carnosos y las manitas pequeñas. Blanca averiguó que era Vinn, la hermana de Michael por la que el joven se había cambiado cuando la habían capturado.
El joven contó también, con mucha naturalidad, que se habían abrazado, besado y habían hecho el amor. Ninguno de los arpa-yinn comprendió el significado de esta última expresión (ya que nunca habían oído sobre aquello), excepto Ahlia y Eimmelt, que intercambiaron una mirada de preocupación, emoción y reproche, todo a la vez. Blanca sonreía y esquivaba miradas, tímidamente. Se sentía a gusto, pero como una extraña, sabía que no acababa de encajar allí, aunque la familia de Michael se esforzaba porque se sintiese cómoda e integrada.
Cuando el relato de Michael acabó, todos los arpa-yinn alzaron el vuelo hacia sus nidos, en las copas de los árboles. Era hora de descansar; hacía tiempo que había anochecido, y por todos lados se oían fuertes aleteos, dirigidos a lo alto. Michael, con lágrimas en los ojos, les observaba marcharse.
- Oh, Michael…- suspiró Edel con tristeza, abrazando por detrás a su hermano mayor. Ella tenía dieciocho años y era bella, amable y dulce. Blanca ya la había conocido y ambas habían simpatizado mucho. Le parecía valiente y decidida, y la admiraba en silencio. Se parecía tanto a su hermano…
Los dos arpa-yinn se fundieron en un abrazo cálido. Michael lloraba en silencio.
- Nunca más… Es duro, pero es así… Nunca, nunca más…- sollozó el joven. Blanca adivinó que hablaba de sus alas, y se apartó un tanto de ambos, incómoda. Ella no pintaba nada en ese tema.
- No te preocupes, por favor. Encontraremos una solución…- le susurró su hermana. Pero él negó con la cabeza. Entonces, Edel se separó de su hermano y sonrió.
- Bueno, mira el lado bueno. Tú y Blanca estaréis completamente solos y tendréis intimidad…- Blanca sonrió, y Michael también.- Papá os ha preparado un lecho doble… Creo que a Eimmelt empieza a gustarle que estés aquí.- afirmó, dirigiéndose a Blanca y guiñándole un ojo. Ella sonrió, y Edel le siguió diciendo a Michael:
- Bueno, cielo, al menos no compartes tu soledad de caminante. Piénsalo: si tuvieses alas y Blanca no, ¡sí que sería un problema! Es mejor así, ¿no crees?- Desde luego, Edel era perfecta para subir la moral. Michael sonrió y asintió con la cabeza, secándose una lágrima, y rodeó los hombros de Blanca con un brazo, atrayéndola hacia sí e integrándola en la escena.
- Tienes razón.- admitió el joven.
- No lo pienses más, cielo. Yo… creo que será mejor que me marche a dormir; sino, mañana estaré cansada, ¡y hay que aprovechar al máximo el primer día de vuestra estancia!
- Buenas noches, pequeña. Me alegro de volver a estar aquí.- se despidió Michael, con cariño.
- Adiós, Edel. Gracias por todo.- sonrió Blanca. Ella les dijo adiós con la mano.
- Buenas noches, pareja.- y se alejó volando. Su melena ondulada y negra, que le quedaba a la altura de los omóplatos ondeó con elegancia, como la propia joven. Michael la observó marchar, perdido en sus pensamientos. Blanca le masajeó los hombros, intentando infundirle ánimos.
- Anda, vámonos a dormir… Hoy ha sido un día tan confuso…
- Es verdad… Estoy agotado.- confesó él.
- Descansar te vendrá bien… Vamos.- y ambos se dirigieron cogidos de la mano al lecho que Eimmelt les había preparado; curiosamente, bajo un sauce llorón.
Se tumbaron en la mullida hierba, con lo puesto. Blanca se sorprendió de que no hubiese mantas, pero Michael le dijo que allí nunca hacía frío. Y, a pesar de que aquello no era una cama, la hierba resultó ser muy cómoda, más de lo que había imaginado.
Se abrazaron con ternura, y se durmieron así en seguida, dándose calor y bajo la mirada de las tres lunas.


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