- Hola.- saludó su sobrina, sin mucho interés, dirigiéndose a los tres.
- Hola.- respondió Dan. Los otros la ignoraron o no la oyeron.
- ¿Qué tal tu viaje?
- Bien… Éstos son Tom y Paul.- presentó a sus amigos, que charlaban entre sí.
- Un placer.- dijo Blanca, casi sin mirarles.
- Lo mismo.- respondieron los comerciantes a coro. Le dirigieron una breve mirada, y luego siguieron hablando, sin el menor interés por Blanca.
- Las cinturas han hecho un buen trabajo. Todo está en orden.- se admiró Dan para su sobrina. Ella asintió.
- Les vi trabaja duro cada día.- mintió.- Deberías recompensarlos.
- Ya veré.- respondió secamente su tío.- Tráeme al arpa-yinn.- ordenó. Blanca asintió y se levantó de mala gana, en busca de Michael.
Lo encontró subido a un árbol, hablando en élfico con Lun. Parecían alegres.
- ¡Michael!- llamó ella, con una sonrisa. Él la miró, sonriendo. Lun la saludó con su firmeza habitual, pero con cariño. Ella sonrió y le devolvió el saludo.
- Hola. ¿Subes?- invitó Michael. El amor se desbordaba de sus ojos.
- Ahora no. Tienes que bajar, mi tío te busca.- anunció ella. La sonrisa de Michael desapareció, y suspiró, con cierto fastidio.
- Ya voy.- y bajó del árbol de un salto, con algo de desgana. Ambos se despidieron de Lun, y se dirigieron al porche, donde los tres hombres los esperaban impacientemente. El elfo contemplaba la escena desde el árbol, cauteloso, preparado para defender a Michael si era necesario.
- ¡Ah! Aquí estás, Michael.- se alegró Dan. El arpa-yinn caminó hacia él, obediente.- Tienes mucho mejor aspecto que cuando me fui. ¿Has descansado?
- Sí, señor.
- Me alegro. Veo que también has trabajado duro.
- Sí, señor.- Blanca le había advertido que, por mucho que no fuese justo, jamás debía decir que ella les había ayudado.
- Te felicito, arpa-yinn. No esperaba menos de ti.
- Gracias, señor.
- Bien. Éstos son mis invitados, Paul y Tom.- presentó. Los otros comerciantes cesaron de hablar, y miraron al arpa-yinn, con intriga. Michael también les miró, dócilmente. Observó a Paul, pelirrojo y de piel blanca, e hizo una ligera reverencia con la cabeza. Luego, sus ojos de chocolate se dirigieron a Tom… Michael palideció notablemente, y dio unos pasos para atrás, con la mirada llena de terror. Tom, un tipo duro, arqueó una ceja y sonrió, con maldad.
- Vaya… Hola, Michael. Volvemos a vernos.- dijo, con ironía. Él, aún paralizado, no respondió.
- ¿Qué ocurre?- preguntó Dan, mosqueado. Tom no respondió. Se recostó en el asiento, con una sonrisa divertida. El tío Dan miró a Michael, interrogante.
- Él… Él fue… Él… Me cortó las alas…- balbuceó el arpa-yinn. Dan subió una ceja, muy sorprendido. Tom amplió su sonrisa, y Michael retrocedió aún más, hasta colocarse al lado de Blanca, que observaba la escena con rabia. Ella le tomó la mano, y él la aferró con fuerza, asustado. Subido al árbol, Lun siseó al escuchar aquello.
- Vaya, vaya… De modo que fuiste tú…- sonrió Dan casi forzadamente. Tom asintió, orgulloso.- Me preguntaba quién tendría cojones para pillar a un arpa-yinn y quedarse con sus alas…
- Ya ves, viejo. Las he traído… ¿Os gustaría verlas?- les preguntó con suficiencia a los dos adultos.
- Pues claro.- asintió Dan, tratando de que su impaciencia no se notase. Paul afirmó con la cabeza, sin poder apartar la mirada del arpa-yinn. Inconscientemente, Michael despertaba una cautivación profunda en todo aquel que lo veía.
Tom, andando con orgullo y suficiencia, fue al maletero de la camioneta, cogió una gran maleta y la abrió.
- Creo que me voy.- murmuró Michael, mareado, dándose la vuelta.
- No te muevas de donde estás, Michael.- ordenó el tío Dan con frialdad. El joven suspiró, resignado, y bajó la cabeza, volviendo a colocarse de frente a los comerciantes. Los brazos de Blanca rodearon su cintura, y Michael la atrajo hacia sí.
Después de un tiempo, Tom apareció con una maleta larga y grande, de cuero negro y con candados. La colocó con cuidado en la verde hierba, y puso varias combinaciones en los candados. Los cierres crujieron y la tapa quedó suelta. Tom la levantó y mostró en contenido…
El interior de la maleta era de terciopelo negro y suave, que protegía de los golpes. El color oscuro hacía resaltar más el contenido…
Sobre el terciopelo descansaban dos grandes alas muy blancas, que parecían brazos en forma de alas. Estaban algo contraídas y retorcidas, pero aún así eran totalmente elegantes y bonitas. Las recubría un suave plumón en los extremos inferiores, algo manchados de sangre e irregulares, y en el resto eran inmaculadas plumas blancas y grandes, perfectas. Eran como Blanca se imaginaba las alas de un ángel.
Michael gimió y sollozó, y se dio la vuelta para no mirar, cubriéndose el rostro con las manos. Los tres comerciantes rieron con maldad y burla. Blanca apretó los dientes, con rabia, y abrazó a Michael.
- ¿No son preciosas?- dijo Tom, orgulloso. Los otros dos asintieron, embelesados. Paul alargó un dedo y rozó con mucha suavidad las inmaculadas plumas, como temiendo que fuesen a romperse.
- Sí lo son. ¿Quieres saber algo, arpa-yinn? Las conservo para exponerlas en el salón de mi casa, grandes, majestuosas…
- No es ahí donde deberían estar.- masculló Blanca, y su tío la silenció con una bofetada. Michael siseó y clavó en Dan una mirada furiosa. Comenzaba a enfadarse, como hacía años que no se enfadaba.
- Recuerdo a tu hermanito, ese niño pequeño y lindo. Fue fácil capturarlo, querido, y estuve a punto de cortarle las alas… Pero luego decidí que ya tenía las tuyas, era mejor usar su energía mágica para algunos fines privados. Admito que el niño se quedó agotado, y luego se lo di a Ronald, que al parecer lo trajo aquí…
- No vuelvan a tocar a nadie de mi familia, déjenlos en paz.- pidió Michael, enojado. Blanca notó cómo la ira crecía en el interior del joven, y supo que no podría tranquilizarle fácilmente si él se descontrolaba.
- Somos libres de hacer lo que queramos, Michael, antes y ahora también.- dijo Dan, arqueando una ceja.
- Pero… ¡Usted me lo prometió! ¡Me dijo que no volvería a molestar a mi familia si yo me quedaba…!
- Te engañé.- sentenció el comerciante.- No puedo tocarlos porque hicimos un juramento, pero mandaré a algún amigo a capturarlos a algo así…
- Si algo malo le pasa a alguien de mi familia…- el arpa-yinn entornó los ojos, casi ciego de la ira. Sintió el calor de la energía en las palmas de sus manos, ardiente, listo.
- Pequeño Michael, eres inofensivo e inocente.- comenzó a decir Tom.- También eres vulnerable, como el resto de tu familia. Son nuestros, sois nuestros. Habéis sido creados en el mundo de los humanos, un sitio que no es para vosotros… Pero aquí estáis. Por lo tanto, uno por uno, los arpa-yinn, al igual que las demás criaturas mágicas, seréis sometidos….
- ¡¡¡ASESINOS!!!- les interrumpió de pronto Michael, gritando y explotando, cargado de rabia y de dolor. Blanca se apartó rápidamente de su lado, algo asustada.- ¡¡Sois unos asesinos!!- chilló el joven, rebosante de adrenalina. La energía comenzó a brotar de sus manos, envolviendo todo su cuerpo en un halo de luz blanca y ardiente.- ¡¡Un días pagaréis por esto!! ¡Un día desearéis no haber hecho daño A NADIE! Un día… ¡Os prometo que un día no podréis hacernos daño! ¡MONSTRUOS!- y, dicho esto, se dio la vuelta, furioso, y se marchó llorando de rabia, a paso ligero. Todos dejaron de sonreír.
- ¡Michael! ¿Dónde crees que vas? ¡¡Vuelve aquí ahora mismo!!- ordenó Dan, enfadado, corriendo tras él, intentando parecer firme. Y, justo cuando iba a alcanzarle y a sujetarle, el arpa-yinn se volvió, y, apuntando a Dan con una mano, le lanzó un haz de luz blanca que lo alejó de él, haciendo que saliese disparado hacia atrás y cayese.
- ¡¡Apártate de mí!! ¡¡Déjame en paz de una vez!!- chilló, lanzando haces de luz blanca a diestro y siniestro por todo el jardín, que mantenían a los comerciantes alejados de él, muy asustados. Luego, se perdió en el frondoso y gran jardín. Blanca, acurrucada en un rincón como siempre, observando, le llamó por su nombre, sin éxito.
Dan, medio en estado de shock, se levantó como pudo. Tanto él como Paul y Tom estaban muy serios, incluso preocupados.
- Vaya… parece que se ha enfadado…- murmuró Tom.
- Nos ha echado una maldición. Nos ha dicho que pagaremos por esto.- se temió Paul, con los ojos muy abiertos. No había dicho ni una palabra en toda la conversación, sabía que aquello terminaría mal. Blanca no perdió tiempo y echó a correr hacia el interior del bosque.
Rabia. Dolor. Miedo. Desolación. Sentimientos poderosos que se adueñan de uno en un momento preciso, y que hacen que actuemos sin pensar. Aquello era lo que le había pasado a Michael. Caminó con rabia, sin saber a donde, internándose en el bosque, llorando de dolor interior y de rabia. Las otras criaturas que le veían pasar no decían nada y le observaban, curiosas y extrañadas, deseando saber lo que había ocurrido. Nadie se interponía en su camino.
Al final, el arpa-yinn se detuvo bajo un bonito nogal, en un claro lleno de hierba y preciosas florecillas. Sabría que podía haber caminado hasta el fin del jardín, pero necesitaba calmarse, parar, tranquilizarse. Se acomodó en el nogal. El duende que vivía allí no se atrevió a decirle nada… Le dejó estar, intentando pasar desapercibido.
- Michael.- esa voz firme y grave. El arpa-yinn no necesitó despegar la cabeza de sus rodillas para saber que Lun estaba allí, de pie junto a él, observándole con sus ojos profundos y sabios.
- No… no te acerques. Puedo hacerte daño sin querer…- sollozó Michael.
- Sé que no vas a hacerlo.- Lun se sentó a su lado y con cuidado, le hizo levantar la cabeza. Ojos color ceniza, rasgados, profundos, sabios, serios, duros; ojos almendrados, expresivos, grandes y redondos, llenos de amor, profundos, anegados en lágrimas.
- Les odio.- Michael apretó los puños, y Lun tomó sus manos y le obligó a abrirlas.- Son malvados, crueles… Juro que…- el arpa-yinn apretó los dientes.
- Michael, tranquilízate, por favor, me estás abrasando las manos.- pidió Lun con total tranquilidad. Él, horrorizado, retiró rápidamente sus manos de las del elfo, enrojecidas.
- Oh, lo siento.- murmuró. Lun sacudió la cabeza con despreocupación y se llevó las palmas de las manos a los labios, aliviando un poco el dolor. El elfo le limpió las lágrimas suavemente, con sus dedos finos y delicados.
- Sé que es duro para ti, Michael. Sé que es difícil, lo es para todos…
- Él me hizo una promesa… Me prometió…- Michael gimió, desesperado. Si alguien hacía daño a su familia… Pero, ¿cómo podía impedirlo él? ¿Qué podía hacer? Nada.
- Todos los humanos son mentirosos y traidores, deberías saberlo.- le reprendió Lun. Michael negó con la cabeza.
- No. Todos no. Ella no lo es.
- Casi todos, entonces. Confía, Michael, confía en el destino. Si allí arriba- Lun señaló al cielo con la cabeza- no lo quieren, tu familia estará a salvo.
- Allí arriba me odian.- concluyó el arpa-yinn, desolado.-Mira lo que me han hecho.
- Lo dudo mucho. Tal vez quieren ponerte a prueba, tal vez quieren que aprendas, tal vez quieren que seas un ejemplo para los demás… Allí arriba no odian a nadie, Michael, deberías saberlo.- Michael asintió y suspiró. Guardó silencio unos momentos, ya dejando de llorar, y luego confesó en un susurro:
- Tengo miedo.
- Debes tenerlo.- fue la respuesta de Lun, y el arpa-yinn le miró incrédulo.- Los verdaderos valientes no son los que no tienen miedo, sino los que tienen miedo y lo afrontan.- explicó el elfo entonces.
- ¿Crees que algún día podré ser libre y volver a ver a mi familia, Lun?
- Sí.- respondió él inmediatamente. Y volvió a hacerse el silencio. Luego Michael volvió a preguntar:
- ¿Crees que Blanca me ama tanto como yo a ella?
- No lo dudo, Michael. Sé que no te fías de los humanos pero, como bien has dicho antes, Blanca es una excepción. Estoy seguro de que ella puede sentir lo mismo que tú con la misma intensidad que tú, y que está dispuesta a todo junto a ti.
- No lo dudes.- murmuró entonces la vez de ella en el oído del arpa-yinn. Michael se volvió, sobresaltado, y encontró a Blanca detrás suyo, sonriéndole. Había llegado sigilosamente y probablemente había escuchado toda la conversación.
- Te quiero, Michael.- dijo ella con una voz tan dulce como la miel. Michael sonrió, ya olvidados su miedo y su enfado.
- Yo también.- y se abrazaron. Lun esbozó una media sonrisa y decidió que era mejor dejarlos solos… Él tenía algo muy importante que hacer.
Dan, Paul y Tom conversaban sentados en el porche, con una bandeja de aceitunas y embutidos, y fumando. Sus principales temas de conversación eran las mercancías; todo tipo de criaturas que se podían comprar y vender.
De pronto, los tres vieron aparecer a Michael y a Blanca, que salían del bosque cogidos de la mano. Michael iba más tranquilo, con gesto dulce (como siempre), andando con cierta torpeza aún, y con sus ropas blancas, que resaltaban en la luz naranja del crepúsculo. Caminaba con la cabeza gacha.
Paul se inquietó, pero Dan le tranquilizó.
- No te preocupes.- dijo.- Los arpa-yinn son tranquilos e inofensivos. No viene a hacernos daño.
En efecto, cuando Michael se detuvo, cerca de donde ellos estaban, dejando a Blanca atrás, hizo una leve inclinación con la cabeza, y con la mirada baja, tomó aire y dijo:
- Señor… me… querría disculparme ante usted… Me he portado mal, lo siento… Pero me puse nervioso… Por favor, acepte mis disculpas…- rogó, casi en un susurro, con timidez. Dan lo miró de arriba a abajo, evaluándolo, haciéndose de rogar.
- Así que quieres que te perdone…
- Sí, señor. Se lo ruego.
- Ya. Me hiciste daño cuando me lanzaste hacia atrás, ¿sabes?- mintió, con falsa pena.- Te traje para que te portases bien, Michael. No para que me agredieses. Te he cuidado y mantenido, y debes tenerme un respeto. Soy tu amo.- le recordó. Michael asintió.
- Lo sé, señor. Lo siento de veras. Pero le repito que me enfurecí tanto que no sabía lo que hacía… Yo… Si quiere… si quiere puedo intentar… curarle… donde le haya hecho daño, me refiero…- sugirió el arpa-yinn, intimidado. No sabía donde meterse. El tío Dan arqueó una ceja, con interés.
- Oh, bueno. Adelante.- y Dan se dio la vuelta, mostrándole su espalda al arpa-yinn, indicándole que le dolía. Mentía, ya que desde que era niño había tenido escoliosis, y dolores continuos. Sentía su espalda agarrotada y dolorida desde siempre.
Michael colocó sus suaves y oscuras manos sobre la espalda de Dan, con delicadeza.
- ¿Le… le duele aquí?- preguntó.
- Me duele toda la espalda.- afirmó Dan. Michael palideció.
- Oh… vale.- y, dicho esto, cerró los ojos y respiró hondo, mordiéndose el labio inferior, intentando concentrase. Luego, exhaló, y de cada una de sus palmas salió un haz de luz blanca y cálida, que pareció “penetrar” en la espalda de Dan. Michael se esforzó en enviar amor y deseos de dicha hacia Dan, a pesar de que era la persona que más odiaba y una de las que más daño le había hecho. Pero se olvidó de aquello, y se centró en intentar quererle. Más o menos, le salió bien. El arpa-yinn estuvo varios segundos enviando su energía, y la espalda de su amo acabó envuelta en luz.
Dan sentía una sensación que nunca antes había experimentado. Parecía como si un chorro de agua cálida estuviese mojando su espalda, y a la vez el viento chocase contra ella. Aquella sensación le relajó y le calmó, haciéndole sentir muy bien.
Luego, la luz blanca dejó de emanar de las manos de Michael, quien retiró las manos, casi con dulzura, abrió los ojos tímidamente y esperó alguna reacción de Dan. Él se volvió hacia el arpa-yinn, con los ojos muy abiertos, y muy sorprendido.
- ¿Cómo lo has hecho?- balbuceó. Ya no sentía ninguna molestia en la espalda… La sentía libre, “fresca”. Se irguió. La escoliosis le había desaparecido completamente.
- ¿Mejor?- dijo Michael, con timidez y dubitativo, esbozando una ligera sonrisa. El tío Dan asintió, maravillado, pero luego volvió a recordar la compostura.
- Más o menos. Pero, a lo que íbamos… Quieres que te perdone, ¿no es así?
- Sí, señor.
- Bien. Pero tendrás que prometerme que no volverás a perder el control, te portarás bien, serás obediente y no dirás cosas malas. Hicimos un trato, con lo de tu familia…
- Lo recuerdo, señor. Se lo prometo.
- Bien. Acepto tus disculpas, entonces. Márchate.
- Sí, señor. Gracias.- murmuró Michael, con docilidad, y se dio la vuelta y se marchó hacia donde Blanca estaba sentada, en un banco, cerca de allí. La joven le sonrió, y el arpa-yinn hizo un gesto de apuro.
- Perfecto.- felicitó ella. Michael se encogió de hombros, aún algo pálido.
- Dios mío.- murmuró, recordando el mal rato. Blanca le acarició la mejilla, y ambos comenzaron a charlar animadamente, olvidando el mal rato.


Que capítulo tan fascinante!!
ResponderEliminarY que mal lo de Michael, pobrecito :(
Me alegro de poder leer más de tu increíble historia! Un beso!